Me encuentro escribiendo estas líneas al lado de la ventana, un café caliente con un extra de leche como a mi me gusta a mi vera, separando de vez en cuando la vista del teclado para mirar furtivamente por el cristal. En la pequeña fracción de segundo que me consiento mirar a través del vidrio y distraerme un poco del sonido de las teclas veo muchas cosas. Veo una pareja de enamorados de la mano, una señora de aspecto agradable paseando a un Golden Retriever y una madre corriendo detrás de un niño, probablemente jugando con él. Aparto la mirada y me castigo a mi misma por distraerme con reflexiones abstractas y no concentrarme en las palabras y números de caracteres que tengo delante. Sigo escribiendo hasta que me llevo a los labios la taza y noto, con tristeza, como se disipa la última gota de aquel líquido marrón que todo el mundo adora.
Cierro el portátil con cuidado y no me puedo resistir a seguir mirando por la ventana llena de condensación, debido al cambio de temperatura de dentro y fuera. Me imagino (mientras abrazo un poco más la taza de café que sigue caliente por el líquido a alta temperatura que contenía) como sería la vida de estas personas que siguen allí delante de mi casa. Y es entonces cuando me doy cuenta de la gran diferencia entre una palabra y otra.
Mucha gente piensa que observar y ver son sinónimos, mas no es así.
Mientras estaba escribiendo, vi a una joven pareja de la mano, pero observando profundamente, me doy cuenta que sus manos no están realmente entrelazadas, sino que hay un mínimo hueco entre ellas. La joven, además, no muestra una sonrisa perfecta, de hecho, una lágrima corre por su rostro.
Mientras estaba escribiendo, vi una señora paseando a su perro, pero observando detalladamente, me doy cuenta del amor que desprende su persona hacia el can y siento que en su corazón, a pesar de tener esta compañía peluda, hay un vacío irreemplazable.
Mientras estaba escribiendo, vi a una madre jugando con su hijo, pero observando cuidadosamente, me doy cuenta que el niño está alejándose de su madre rápidamente, pidiendo a gritos la pelota que su madre tiene encarcelada en sus robustos brazos.
Y es entonces que me doy cuenta, por fin, que la pareja ya no está enamorada, que la señora odia a los perros, la madre no puede tener hijos y mi café nunca ha estado caliente.